Cambiar nuestra relación con el teatro

Text: Jordi Valls

‘Asistir a una escuela de espectadores consiste también en desaprender estos malos hábitos vinculados al individualismo, al consumo, a la inmediatez, a la intensidad, etc. Nuevamente, se trata de un espacio cultural y contracultural.’

 

“Durante la crisis del corralito, la gente iba al teatro para no enloquecer”. Esto nos contaba Jorge Dubatti, articulista de esta revista con el que compartimos recientemente una semana en Barcelona, donde fue invitado por el Área de Públicos de la Generalitat.

Cuesta siquiera imaginar una situación parecida en nuestro país. Más bien podría decirse –parece que así se considera mayormente- que aquéllos que reiteradamente asisten a las salas es porque han enloquecido, porque han “perdido la cabeza”.

En lugar de preguntarnos –y poco después lamentarnos- por la diferencia entre una y otra realidad (la argentina y la nuestra), podemos preguntarnos si existe alguna similitud. Entre los que no querían enloquecer y los que podemos considerar enloquecidos, parece haber una característica en común: necesitan del teatro como del pan que comen. Ahí radica el motivo no ya de su asistencia, sino de su desplazamiento, de su presencia, de su vivencia.

Mientras Dubatti volaba de Buenos Aires a Barcelona para participar a en unas jornadas entorno a las escuelas y talleres de espectadores, nos cayó en las manos el número 201 de Artez, en cuya editorial se decía:  Las escuelas de espectadores, que se han puesto, desgraciadamente, de moda, son células de convencidos. De espectadores existentes que quieren saber algo más. No crean ni uno, ni medio espectador nuevo.

Algo inquietante en estas líneas, una pátina de menosprecio hacia aquellas personas empecinadas en querer saber algo más, nos impulsó a escribir estas líneas desde Agost Produccions, una asociación que lleva varios años desarrollando escuelas y talleres de espectadores en Cataluña.

La filósofa Marina Garcés recuperaba recientemente en un artículo en el diario ARA el inicio de la Metafísica de Aristóteles (“todos los hombres desean por naturaleza saber”) para reivindicar “una concepción radicalmente abierta del pensamiento, no sólo porque se declara accesible a cualquiera, sino porque es para todos necesario”. Una concepción “alejada de círculos iniciáticos y de los templos cerrados del conocimiento” que está –o debería estar- en la base de las escuelas y talleres de espectadores que, sí, están proliferando.

Como se apuntaba en la misma editorial de Artez, “los públicos se trabajan desde la base, no con campañas, anuncios o esporádicas acciones”. Ésta es, precisamente, la labor de las escuelas de espectadores. Menospreciar esta labor nos parece seguir equivocando la cuestión esencial respecto a la crisis actual del teatro. Si la obsesión es crear público nuevo, entonces sí, probablemente las escuelas de espectadores dilapidarán todas nuestras expectativas, nos desengañaremos… al menos a corto plazo. Los defensores de las escuelas de espectadores podrían esgrimir que su actividad fideliza los espectadores existentes y fomentan el “boca en boca”, con lo que contrariamente a lo dicho, sí crean público nuevo. Sin embargo, ¿podemos ir más allá de esta lógica y dialéctica clientelar?

Lo que hacen las escuelas o talleres de espectadores ¬–un fenómeno equiparable a otros espacios que también están proliferando para recuperar la vida colectiva desde la autoformación y la autorganización- es mucho más radical: tuercen la mirada, desencajan nuestros hábitos, descalabran nuestra relación con el mundo, y en concreto, con el teatro. Veamos en qué se sustenta esta afirmación.

Las escuelas de espectadores amplían la relación de los espectadores con aquello que van a ver. Fomentan la construcción y desarrollo de la mirada, una práctica necesaria, cada vez más, no sólo en el teatro que se presenta en las salas, sino en la teatralidad en un sentido amplio. Como señalaba Dubatti en su intervención durante las jornadas, si hacer teatro es organizar una mirada, aprender a mirar es aprender sobre dicha organización. Nada más importante en un mundo, el actual, en el que estamos permanentemente bombardeados por imágenes y discursos, por teatralizaciones. Aprender a mirar hoy en día es aprender a elaborar una interpretación propia. Y esto vale para los espectáculos que se exhiben en las salas de teatro, pero también para el espectáculo que caracteriza nuestra sociedad, como expuso Guy Debord en su libro “La sociedad del espectáculo”. Así pues, construir una mirada es hoy una práctica cultural –entendiendo por ello cualquier construcción humana- y a la vez contracultural –capaz de poner en duda los condicionantes y herencias de nuestro entorno y de nuestra historia, como sería la asimilación entre la figura del espectador y la del consumidor-.

Pero no sólo esto. Después de 14 años de existencia de la Escuela de Espectadores de Buenos Aires, Jorge Dubatti, su director, explica una categorización que ha podido realizar de “malas praxis” de los espectadores. Estas malas praxis, contra-modelos del espectador ideal que él denomina espectador compañero (abierto, dialogante, disponible), son reflejo de los valores predominantes en el mundo de hoy, que sigilosamente nos han ido empapando y conformando. Asistir a una escuela de espectadores consiste también en desaprender estos malos hábitos vinculados al individualismo, al consumo, a la inmediatez, a la intensidad, etc. Nuevamente, se trata de un espacio cultural y contracultural.

Así pues, más allá de la lógica mercantilista aplicada al teatro, más acá de una lógica existencial, parece claro que tratar de ampliar el público teatral sin vincularlo a las necesidades de las personas, apunta a una aventura con pocas perspectivas de éxito.

Como dejó escrito ya en 1967 Jean Vilar, fundador del Festival de Aviñón, “no habrá ninguna ampliación del mapa cultural sin grandes encuentros de gente que cuestionen no sólo el precio de las entradas, la elección de las obras, las ayudas presupuestarias, sino aún más, la relación trabajo-tiempo libre, el ordenamiento de las nuevas ciudades, la creación de edificios nuevos, las relaciones políticas entre el Estado y las colectividades, entre el Estado y los clusters o las grandes empresas, entre el Estado y los municipios, etc. La cultura que depende del tiempo libre, es decir, de las horas de después del trabajo del hombre moderno, del adulto, es tributaria de la concepción que podamos tener del Estado moderno”.

A todo esto pueden contribuir las escuelas de espectadores. Lejos de campañas, anuncios o acciones esporádicas, y desde la base. Poco a poco, para llegar lejos.

Publicat a Artez Blai (El periódico de las artes escénicas), el 22 de gener de 2015.