Manifiesto viral para un Teatro Infeccioso y una Cultura Insegura

Text: desconegut

“Aquest text ens ha arribat per correu electrònic el 8 d’octubre de 2020, sense firma, i amb una estranya advertència: RISC DE TRANSMISSIÓ”

 

Una manada de elefantes, a la vista de un avión,

fue presa de desquicio colectivo. Cada maldito elefante estaba aterrado

y su pavor se comunicaba a los demás, creando una desfasada

multiplicación del pánico. Sin embargo

el pánico cesó en cuanto el avión

empezó a alejarse, pues entre los elefantes

no se hallaban periodistas.

(Bertrand Russell)


En esas colectividades el miedo imita todas las apariencias

de la valentía para felicitarse de su propia vergüenza

y dar las gracias por sus propias desgracias.

(Benjamin Constant)


La premisa objetiva de este Manifiesto es que nos hemos convertido en una colectividad de coprófagos. Los signatarios opinan que se es chupamierdas no ya por alimentarse fácticamente de mierda, sino por asumir que comer mierda es, en circunstancias específicas, aceptable e imperativo. En el idiolecto gubernamental las palabras excepción, alarma o emergencia son sinónimos del conjunto de condiciones bajo las cuales los Estados instan a las ciudadanas y ciudadanos a acoger el festín coprófago como dieta saludable y como ejercicio activo de competencias civiles. Las circunstancias que invitan la sociedad civil a metamorfosearse, voluntaria e insensiblemente, en colectividad de comemierdas atañen invariablemente al orden de la creencia, de la superstición, del terror o de la coacción. Ocurre a veces (es sin duda el caso de la Nueva Normalidad Covid) que dichas circunstancias sean intercambiables. Nadie duda de que si mañana uno cualquiera de los incompetentes que gobiernan el país o de los científicos contratados por el gobierno afirmara que alimentarse de heces ayuda a prevenir el contagio, mitad de la población, pasado mañana, desayunaría concretamente truños, con la misma naturalidad con la que ha tragado las fabulaciones estadísticas, las intimidaciones, las imposiciones de deberes fantasmagóricos y las reducciones de derechos básicos decretadas a lo largo y ancho de la geografía y cronología de la crisis por los improvisadores de ambos sectores, sanidad y administración: la mierda que hemos comido y que comemos. Resumen del estado de la cuestión: que aparezca plausible la hipótesis fantástica de comer mierda por prudencia inmunológica ya convierte en comedores de mierda hechos y derechos todos cuantos consideren renunciable el derecho a no comer mierda bajo ningún concepto.

Los signatarios de este Manifiesto están persuadidos de que el solapamiento de las razones subjetivas y objetivas que impulsan una aplastante mayoría de los ciudadanos a comer mierda sin inmutarse sea altamente indicativo de una deriva autoritaria (en las razones impuestas de la coprofagia), y de la inquietante susceptibilidad de la sociedad a automatismos totalitarios (en las razones autoimpuestas de la misma coprofagia). Con independencia del orden de los factores – orden superior de pocos o íntima convicción de todos – el resultado es que comemos mierda a diario.

Los signatarios de este Manifiesto creen que la emergencia Covid respalda la consolidación de un totalitarismo inmunológico de nuevo cuño: versión perfeccionada y mutación infalible del ya conocido totalitarismo espectacular.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que el aspecto más políticamente alarmante de la pandemia no es la gestión oportunista y autoritaria que la clase política y los actores gubernamentales están haciendo de su incapacidad de enfrentarse pragmáticamente al problema con inversiones adecuadas; tampoco es la deformación de un imaginario colectivo entretenido por gobiernos irresponsables, a falta de soluciones realistas, en la superstición, en el terror y, si acaso, en el odio; ni siquiera el hecho de que la población occidental haya podido persuadirse de que su problema principal y único sea, a escala mundial y local, el contagio. La verdadera catástrofe política de la Covid es haber puesto de relieve, para la mayoría de una población inmunológicamente consensual, la irreversible disponibilidad a abdicar de derechos civiles básicos, libertades inalienables y autonomías éticas, a cambio del único derecho a no dar positivo en uno cualquiera de los test (falaces y rentables) que el gobierno ha convertido en la nueva herramienta de fraccionamiento social. El mismo gobierno gusta de llamar “salvar vidas” la defensa de este derecho exclusivo y residual a no salir positivos, porque el dramatismo barato ha sido, desde el inicio de la pandemia, su única herramienta política y su único atajo dialéctico.

Por eso, considerando que la seguridad inmunológica se ha convertido en una razón consensuada y consensual de restricción de libertades, los signatarios de este Manifiesto se declaran, a priori e incondicionalmente, positivos de la Covid: positivos falsos cuya deliberación invierte la pasividad no deliberada de los muchos “falsos positivos” que se cocinan en los codiciosos laboratorios de análisis avalados por el gobierno. Los signatarios esperan con ello recuperar el derecho a ejercer los privilegios apestosos de una cultura inmunológicamente insegura y por ende disidente.

Los signatarios de este Manifiesto constatan con estupor e indignación la total pérdida de derechos de las personas positivas de Covid y de todos sus alegatos; creen que considerar y tratar a todos los ciudadanos como infectados y peligrosos a priori otorga a los gobiernos la impagable oportunidad de restringir, recortar, suspender y eliminar un catálogo sustancialmente infinito de derechos individuales y colectivos. Las colectividades que aceptan este silogismo se disponen a comer mierda en todos los cuadrantes de su vida colectiva.

Los signatarios opinan que la única defensa civil de una colectividad cuyos miembros sean considerados infecciosos por defecto y tratados como tales por sus gobernantes, es que cada miembro de esa colectividad tenga la libertad de declararse, a su vez, infeccioso y pernicioso por exceso, para que los demás se le acerquen a consciencia sólo declarándose a su vez infecciosos, perniciosos o temerarios. Los signatarios asumen como una paradoja necesaria que, si la existencia civil se ve desrealizada con todos los medios por autoridades que interpretan el gobierno como una forma de antropotecnia, la misma sociedad civil sólo puede reconstituirse como gueto deliberándolo desde abajo. E invitar al gueto todos cuantos vislumbren alguna ventaja circunstancial o libertad concreta en el hecho de ser guetizados.

A continuación las razones y corolarios de la propuesta:

Comemos dócilmente mierda siempre que, con tal de acceder a un teatro, a una universidad, a una escuela, nos sometemos a las medidas draconianas, vanas y demenciales a la que el gobierno ha decidido supeditar todo el espacio previa y tradicionalmente destinado a la transmisión o al ejercicio público y libre de las facultades espirituales y somáticas.

No hay quien entienda la discrepancia entre la cota de restricciones impuestas al sector de los consumos y del trabajo productivo, y la parálisis inducida del sector de la formación y de la creación a golpes de medidas demenciales y controles kafkianos.

Los habitantes de Sarajevo azotada por los francos tiradores apostados en las colinas consideraron que el riesgo de ser abatidos no podía afectar automáticamente el derecho de acudir a teatro con normalidad. Es deleznable, patética, frívola y pusilánime una colectividad que acepta como un dato irrefutable la necesidad de abstenerse de ir al teatro (o de volver a frecuentarlo en condiciones como las actuales), a cambio de la seguridad fantasmal de no entrar en contacto con el virus llamado Covid-19; es deleznable, mentiroso y espiritualmente analfabeta el gobierno que convence esa colectividad a aprobar el abuso que se le inflige; es deleznable, inútil y terminal la cultura que acepta proyectar esta imagen de “seguridad” al precio de una humillación sin precedentes.

Los signatarios de este Manifiesto opinan que, al otorgar a los sanitarios y científicos el poder ilimitado de dictar los límites del ejercicio de libertades civiles y políticas, las colectividades han cedido a sus gobiernos una poderosa herramienta de represión: pueden estar seguras de que, ante futuras sublevaciones de orden político o social, los mismos gobiernos reaccionarán emitiendo datos científico-estadísticos que atribuyen el dispararse de los contagios a la sublevación, y que la repriman con el visto bueno de una mayoría dócil y aterrada. Que estos datos estadísticos resulten verídicos o no, estará siempre y sólo en la colectividad la opción de relativizar el empleo disuasorio de los mismos datos, negándose por ejemplo a que el aumento de contagios (es decir, de positivos falsos, verdaderos, metafóricos o imaginarios) pueda influir sobre su margen de actancia política. Cuanto más se delegue y difiera esta decisión, más la colectividad estará aceptando la neutralización de unos derechos que otras colectividades adquirieron al precio de la vida. Jugarse la vida (admitiendo que vivir una vida normal signifique, como creen hacernos creer, jugar la vida nuestra y del prójimo) es la solución extrema que las colectividades oprimidas han históricamente aceptado cuando intuían que en juego estaban derechos, libertades y dignidades colectivas más apremiantes que el problema de la supervivencia individual; los signatarios de este Manifiesto opinan que si, en los 40 hubiera valido la escala de valores ratificada por el actual paradigma biopolítico (el que mata libertades con tal de “salvar vidas”), Europa sería una provincia hitleriana.

Los signatarios de este Manifiesto opinan que ahora, más que nunca, es vigente la consigna pasoliniana de “arrojar el cuerpo a la batalla”: si en pasado la tutela de las libertades fundamentales supuso un riesgo de vida objetivo y drástico, el peligrar de la pureza inmunológica bien puede dejar de constituir un motivo plausible de desmovilización práctica y mental. Es imaginable que enfrentar los gobiernos a la amenaza de un contagio masivo se perfile un día como la última forma de protesta civil que le quede a una colectividad disconforme.

Los signatarios de este Manifiesto opinan que, si realmente acatar o infringir la política gubernamental de restricciones al contacto, al desplazamiento y al trabajo fuera “cuestión de vida o muerte”, el gobierno (que en su tiempo se desentendió soberanamente de esas fajas vulnerables de población para las cuales existía un riesgo de muerte muy concreto) debería explicarnos por qué nunca puso énfasis ni combatió con artillería pesada factores de precarización y muerte bastante más consistentes y ubicuos que la Covid-19. Es evidente que el gobierno pretende persuadirnos de que la única batalla sensata, la única guerra total que merezca la (des)movilización de la sociedad sea este virus en particular.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que la razón por la que en este momento las competencias genuinamente públicas del espacio público van sujetos a inauditas maniobras de desmantelamiento y desustancialización; la razón, en suma, por la que escuela, cultura en vivo y universidad se parecen, en los planos de actuación de las administraciones, a puras formalidades, es que los gobiernos de Europa del Sur (el de España con formidable ahínco) consideran que la educación y la Cultura son sectores estructuralmente improductivos y parasitarios, o temen los efectos potencialmente antigubernamentales de aquello que sustanciaría la vocación pública de dichas instituciones si éstas conservaran su sustancia. Confundiendo servicio público y servidumbre, los gobiernos opinan que la única manera de rentabilizar políticamente una cultura parasitaria (e ideológicamente infecciosa por defecto) es convertirla en el marco de exhibición diaria de la performance inmunológica del Estado. Esterilizar el ecosistema humano de escuelas y teatros permite al gobierno lavarse las manos del destino inmunológico de sus ciudadanos en cualquier otro marco de naturaleza socio-económica, donde el dinero es una razón necesaria y suficiente de imprudencia. Controlar la Cultura autoriza a descontrolar la economía. La performance inmunológica de las autoridades es, en este aspecto, exquisitamente homeopática. Y coge dos pájaros de un tiro: persuade al público de que el sector público de la cultura, al quedar enteramente subsumido bajo la competencia estatal y gubernamental, puede ser una nursery en el que el estado cuida maternalmente de sus ciudadanos (la mascarilla es el nuevo bozal, la nueva mordaza y, a la vez, el nuevo babero); y reduce a una muestra de subalternidad definitiva los únicos sectores de la vida pública que aún posibilitarían la emergencia de pensamientos y discursos críticos. Comemos mierda cada día. En teatro la ración es doble.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que el nivel de autoritarismo de una medida depende del potencial de humillación al que expone quien la sufre. Y que a su vez el nivel del potencial de humillación es directamente proporcional a la irracionalidad, a la idiotez, a la gratuidad de la medida impuesta: el síntoma más evidente de un statu quo de sabor totalitario no es la concentración de la autoridad en un vértice puntual, sino la perfusión de su ejercicio (y de las gratificaciones que lo acompañan) en una base amplia de nuevos ejecutores de la norma piramidal. En este momento, el sector de la cultura asiste atónito a la perfusión de este goteo de autoridades mínimas (y por ende del derecho avalado públicamente de imponer medidas estúpidas y humillantes) a todos los niveles más ínfimos de la gestión (aulas, escenarios, patios de butacas, taquillas, etc.). El acomodador que, repudiando el sentido común, alega órdenes e instancias superiores a la hora de imponer medidas cretinas de distanciamiento a personas que viven juntas y que volverán a juntarse en cuanto salgan de la sala, es una metáfora concentrada y paradójica de este goteo de prerrogativas autoritarias en todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas. A todos los miembros del sector (profesores, artistas, gestores, técnicos, alumnos, etc.) se extiende así la obligación de acatar y ejecutar ciegamente la demencia de la norma, so pena de ulteriores restricciones. Todos nos convertimos en “vigilantes de seguridad sanitaria” (lindo cuño perifrástico de la alcaldesa Colau). El estado perdona obviamente la vida sólo a los teatros y a las escuelas que interpretan con ortodoxia y purismo el guión de la liturgia inmunológica. Teatros y escuelas agradecen a su vez que se vea premiada esta perseverancia. Y lo hacen declarando su potencia total de adecuación, en lugar de denunciar la impotencia, la mengua, la mutilación irreparable de sus contenidos y significados.

La dinámica de este goteo del ejercicio de autoridades extrínsecas y verticales (la imposición a los docentes, por ejemplo, de ser públicos oficiales a la hora de exigir el respeto de medida inmunológicas impuestas por el estado) es claramente la usurpación: el mismo Estado que usurpa a los ciudadanos áreas de influencia y decisión, concede a los mismos ciudadanos voluntariosos el derecho obligatorio de hacerse con su parte de usurpación de poderes exógenos (negándoles de entrada todo derecho propio de desacato o de no imposición). Después reparte medallones de mierda. La diferencia entre despotismo y usurpación, decía De Maistre, estriba en el hecho de que mientras el despotismo obliga al silencio, la usurpación obliga a hablar: su rasgo principal es la facundia del consenso, la indignidad de las colectividades aprobando, aplaudiendo, abrazando y reproduciendo el abuso.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que un Estado muy desorientado (o muy mal intencionado) está cediendo a la tentación pornográfica de desrealizar la parte de la dimensión pública que se halla al alcance de su administración; y termina condenando los particulares a cargar con la restitución y reconstitución de esa dimensión pública. Los infecciosos que firman este Manifiesto anhelan gozar privadamente de este derecho de salvaguarda y ejercicio de lo público.

Estos mismos infecciosos consideran en suma que el Estado no tiene ningún derecho de arrebatar a los individuos la competencia moral de proteger su entorno de eventuales contagios; que los “rastreadores” de régimen constituyen un inadmisible dispositivo de control y vulneración de los derechos a la privacidad y al ejercicio de facultades éticas inderogables, usurpadas en este momento por la administración. Los infecciosos interpretan la moralización de la conformidad con las medidas gubernamentales (y las campañas de intolerancia que desencadena contra toda clase de disconformidad), como un rasgo inconfundiblemente totalitario.

Los signatarios de este Manifiesto no saben aceptar que la enfermedad, real o potencial, se considere como un estado de culpa; ni que se exculpe de entrada cualquier falta a la moral, a la decencia, a la solidaridad, a la inteligencia o al sentido común hecha en nombre de la inocencia inmunológica.

Los signatarios de este manifiesto no entienden que en las escuelas primarias se eduquen los niños a no intercambiar, a no tocarse, a no prestar, y a considerar a los demás niños como temibles fuentes de contagio; encuentran preocupante que un Estado pueda considerar este tipo de escuela como un sucedáneo útil de la escuela real, y no como su contrario; creen que el mismo malentendido se ha extendido a todos los sectores de la educación y de la difusión de cultura en la que los derechos de proximidad se ven vulnerados por un catálogo infinito de prevenciones.

Los signatarios de este Manifiesto opinan que una Cultura que ha abogado durante décadas por el carácter somático y háptico de su cometido no puede acatar sin más, o considerar una aproximación aceptable, la mutilación gubernamental de cualquier realismo somático en los campos de actividad que la conciernen.

Los signatarios de este Manifiesto temen que la Nueva Normalidad sea precisamente la normalización de un paradigma de convivencia antisomático – y la perpetuación de una sociedad granular – en la que la inhibición del contacto y de cualquier figura de la proximidad y de la transmisión valga como medicación preventiva contra todos los virus habidos y por haber; temen en suma que en un futuro la medicalización de la identidad fomente un enjuiciamiento por defecto del cuerpo y de cualquier cuerpo con la única finalidad de extinguir toda virulencia social.

Los signatarios de este manifiesto consideran que el cuerpo de los ciudadanos no pertenece al Estado; que el deber estatal de garantizar curas y tratamientos, costeándolos con el dinero de los impuestos (regularmente invertido en ejército, monarquía, corrupción y picarescas bancarias) no le otorga al Estado ningún derecho positivo de actancia sobre el cuerpo y la carne de quienes cura; que la planificación médica de la cura no puede abaratarse preventivamente subsumiéndola bajo un programa de prevención médica que se apoya en la intimidación política. Los signatarios de este Manifiesto no creen en la noción de coste social aplicada al uso que cada ciudadana o ciudadano hace de su cuerpo; opina que ese coste es siempre político, y que a abonarlo es invariablemente el conjunto político de la ciudadanía. El Estado biopolítico de cuño posmoderno, que chantajea a sus ciudadanos con la amenaza de no llegar a curarlos si no aceptan delegar en Él la propiedad, el uso y la gestión de sus cuerpos, es simplemente un Estado que quiere encubrir responsabilidades incalculables en materia de impreparación sanitaria. El Estado que trata a sus ciudadanos como leprosos por defecto es un Estado gravemente enfermo. El Estado que propone a sus ciudadanos protegerlos y curarlos oprimiéndolos es un estado intensamente fascista.

Los signatarios de este Manifiesto afirman que, en condiciones de normalidad democrática, las decisiones que el Estado pueda tomar sobre el uso que los ciudadanos hacen de sus cuerpos y sobre las consecuencias de estos usos deben de ser irrelevantes. Si, antes que tranquilizar los ciudadanos con medidas pragmáticas, realistas y de relativa estabilidad, opta por inculcar en la colectividad la incertidumbre, la precariedad, el miedo y el odio, es un Estado radicalmente incompetente que, como los Estados fascistas en general, compensa su incompetencia expandiendo competencias en ámbitos que le son ajenos. La anormalidad democrática (alias Nueva Normalidad) que el Estado cultiva con esmero en el imaginario colectivo, es de por sí un oxímoron: ni una democracia anormal o incompleta es democracia, ni la norma democrática puede excepcionalmente supeditarse a la normatividad sanitaria.

Los signatarios de este Manifiesto recuerdan que enfermar es un derecho; que también es un derecho asumir el riesgo de enfermar a cambio de prerrogativas y experiencias socio-afectivas, políticas, corpóreas y espirituales que ciudadanas y ciudadanos consideren más relevantes que este riesgo; y que si los datos estadísticos se manipulan e interpretan a fin de que la posesión de anticuerpos – captada en pruebas de fiabilidad controvertida – se convierta incondicionalmente en sinónimo de enfermedad y muerte, está claro que el Estado procura falsear a su propia ventaja la balanza ética de cada uno.

Los signatarios de este Manifiesto constatan con desasosiego la falacia política de las inversiones y tergiversaciones ratificadas por el tratamiento gubernamental de la pandemia. Primera inversión: persuadiendo la población de que puede actuar contra la pandemia, los gobiernos apuntan a refrendar en la misma población un sentimiento de absoluta impotencia ante otros enemigos y factores dañinos. El resultado es que la gente asume como su único deber y su único poder el combatir activamente un enemigo que tendencialmente se sustrae a toda acción objetiva y deliberada – el virus – mientras considera imbatibles los enemigos a los que debería y podría enfrentarse de manera pragmática. Guerra total e inmediata contra la molécula cubierta de grasa – tregua indeterminada al capitalismo del shock- . Segunda inversión: persuadiendo el sujeto de que es potencialmente culpable de perjudicar hasta la muerte el prójimo al que toca, se le está implícitamente absolviendo de perjudicar hasta la muerte a todos los que no toca: la solidaridad háptica hacia el vecino ayuda a disimular la total connivencia de los inmunológicamente sensibles con las dinámicas de consumo que intoxican y aniquilan a todas las víctimas lejanas del neoliberalismo global. Los signatarios de este Manifiesto no creen en versiones miopes de ética y rechazan la moral de kilómetro cero. Tampoco consideran que esta moralidad de kilómetro cero sea realmente operativa en los términos establecidos por la administración pública.

Los signatarios de este Manifiesto no entienden el saludo con el codo y otras manifestaciones gestuales del folclore Covid; no entienden la creencia difusa de que tender la mano a los demás signifique contraer el virus; no entienden la Covid como peste bubónica; no entienden que no se pueda dar la mano a los demás y, sin prisa, lavársela después. Los signatarios de este Manifiesto no entienden de fetiches, talismanes, amuletos gestuales y relacionales.

A quienes digan que no es un derecho “contagiar a los demás”, los signatarios de este Manifiesto recuerdan, una vez más, que aquello que fragiliza y deprime los sectores inmunológicamente deprimidos de la sociedad no es el contacto fantasmal con otros miembros de la misma sociedad, sino las campañas neoliberales de marginación, empobrecimiento y exclusión que el gobierno ha avalado durante décadas sin moralizar las responsabilidades inherentes, y sin siquiera manifestar una voluntad concreta de perseguirlas o inhibirlas. Creemos que la total inhibición de lo social y de lo político tiene como objetivo prioritario no ya “salvarnos la vida”, sino exponernos de manera aún más incondicional a los embates y maniobras neoliberales que se desinhiben sin ninguna restricción, y que resultan bastante más homicidas que el virus de moda.

La supervivencia fáctica de inquietudes inherentes a problemas de mayor envergadura y prioridad que la Covid impulsaría a objetivar y relativizar el problema que la Covid representa de por sí. Los ciudadanos de países del tercer mundo que afirman preferir una muerte por Covid a una muerte por inanición, ejemplo drástico y aleccionador de este relativismo, son más realistas que nosotros. Los signatarios de este Manifiesto opinan que la relativización del problema y el relativismo inherente representan todo cuanto los gobiernos de democracias presuntamente basadas en el estado de derecho procuran en este momento conjurar por todos los medios. La emergencia Covid les está permitiendo interpretar el estado de derecho como pasividad incondicional, y vendernos esta pasividad como el enésimo privilegio de occidente.

Asimismo , los signatarios de este Manifiesto niegan que haya elementos de heroísmo colectivo o de patriotismo en la desmovilización y desmotivación que los gobiernos han pregonado con campañas que invitaban a actuar quedándose en casa y absteniéndose de cualquier acción que mereciera este nombre. El único resultado político de esta tergiversación semántica es una colectividad granular, compuesta por el tipo de sujeto pasivo-agresivo que increpa desde los balcones a quienes pasean su perro: la emergencia Covid ha brindado impagables marcos de reflotación a un fascismo de baja intensidad y alta difusión.

Los signatarios de este Manifiesto no comparten el estupor y desasosiego de cuantos se extrañan de que la cultura vaya sujeta a patrones inmunológicos infinitamente más estrictos que cualquier escenario de producción o consumo: está claro que existe una conexión funcional entre cocientes de vigilancia tan dispares. Las autoridades desean que el consumo cultural y la creación remitan a favor del consumo y producción de mercancías. El gran énfasis gubernamental sobre la inmunodefensión biológica es por ende totalmente funcional al fomento de la inmunodepresión espiritual, moral y política. Mecer al individuo en el mito de que lo primero y prioritario sea proteger a los abuelos del peligro que representa le disuade eficazmente de hacer lo que hay que hacer para proteger a los mismos abuelos de todo cuanto se gesta – en los fueros de la política, de la economía y del imaginario – para aniquilarlos concretamente.

A quienes afirman que “el virus se ha añadido a los demás problemas y no puede ser ignorado”, los signatarios de este Manifiesto recuerdan que, en el actual operativo del Estado, “el virus sustituye los demás problemas y hace imperativo ignorarlos”. La Covid ha ofrecido al Estado una ocasión irrepetible de escudarse en la Covid misma para justificar y desinhibir sus disfunciones sistémicas en todos los ámbitos que no sean la prevención performática de la Covid. Todo esto convierte la emergencia Covid en una maniobra de enfoque eliminatorio, postergación de cualquier antagonismo, infantiización del colectivo, animalización del sujeto político, experimento antropotécnico.

Teatro infeccioso será el teatro sin restricciones, distancias y mascarillas (físicas y mentales) que avisará correctamente a sus usuarios adultos – artistas y espectadores – de su infecciosidad, para que decidan libremente si asumir el riesgo de frecuentarlo, y acto seguido decidan libremente cómo y en qué términos proteger a sus familiares, amigos, conocidos, alegatos, sin delegar esta competencia ética en ninguna comisión gubernamental, en ninguna autoridad municipal, en ningún komintern sanitario, en ningún rastreador, sabueso o “vigilante de seguridad sanitaria” al sueldo de la administración.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que el teatro y el aprendizaje no son para quienes subordinan la urgencia de ir a teatro o de aprender a la necesidad de que teatro, escuelas y universidades cumplan con todas las normas míticas de pureza y desinfección inmunológica.

Los signatarios de este Manifiesto, lejos de exigir que la cultura en vivo y el teatro gocen de excepciones específicas en materia de restricciones inmunológicas y terrorismo sanitario, consideran que no es competencia del Estado decidir en qué saberes, en qué placeres y en qué obligaciones morales cada uno de los ciudadanos invierte su capital de inseguridad personal. Recuerdan que sólo en condiciones totalitarias (como la presente) la excepción es prerrogativa del Estado: en el mundo normal, la excepción es competencia de los individuos. El Estado no tuvo ningún derecho de condenarnos a morir solos y de decidir para los familiares si invertir en un último abrazo el capital de inseguridad del que disponían. El Estado no tiene ningún derecho de protegernos de nosotros mismos. Esto se aplica a cualquier aspecto de la vitalidad somática, afectiva, espiritual, moral y política de cada uno. El sujeto determina la extensión de su margen de inseguridad – el sujeto decide en qué términos y lugares habitar este margen: en la cama, en un aula, en un bar, en un teatro, en la calle, en casa, o en todos estos escenarios.

Los signatarios de este Manifiesto reivindican el derecho a organizar la inseguridad disidente, y declarándose peligrosos por defecto aceptan el derecho de los auto-garantistas e inmunobsesionados a abstenerse de todo contacto físico con ellos si consideran que el margen de riesgo es demasiado elevado. Reconociendo en las relaciones afectivas este paradigma de imprudencia razonable a (o simplemente de sentido común), los signatarios de este manifiesto reivindican también la afectividad, la somaticidad, la incertidumbre, la inseguridad estructural de la cosa llamada Cultura.

Los signatarios de este Manifiesto rechazan la penosa campaña gubernamental por la digitalización fáctica y simbólica de la experiencia cultural, y reivindican el paradigma analógico (y por ende impuro, infiel, inexacto, sucio e infecto) de todas las transmisiones, los contactos y contaminaciones que, física y simbólicamente, conforman el hábitat del arte en vivo y de la didáctica concreta.

Los signatarios de este Manifiesto consideran que las actuales condiciones de consumo del espectáculo en vivo, y la esterilidad de esas condiciones, estudiada para impedir cualquier “transmisión” de lo que sea, reproduce en la sustancia, y con más incomodidad, el paradigma del consumo cultural telemático: que son en suma sólo una ulterior vuelta de tuerca de un programa gubernamental de virtualización virtuosa (y de virtuosidad virtual) de toda la cultura en vivo.

Los signatarios de este Manifiesto creen que, a diferencia de cuanto predican las campañas disuasorias pergeñadas por las autoridades, la ecuación entre protegerse a sí mismos y proteger a los demás es generalmente falaz. La historia ha demostrado que los demás, por lo general, sólo se protegen aceptando cuotas más o menos elevadas de desprotección personal. Profesionalizar el ejercicio de esta desprotección ética (reservándosela a una sanidad debilitada y a una hueste de rastreadores) es un cinismo que tiene por objetivo de desmoralizar la norma ética de la responsabilidad personal.

Los signatarios de este manifiesto consideran que, el día que sea arrestado todo un público de teatro por el crimen de ir a teatro en condiciones teatrales, y no digitales; en un ambiente fecundo, y no estéril; ese día, el teatro habrá quizá recuperado parte de su rol social, moral, político – o parte de su dignidad -. Consideran además que una denuncia o detención masiva de la apestosa comunidad teatral reivindicaría la diferencia entre servicio y servidumbre, entre publicidad y gubernamentalidad.

Los signatarios de este Manifiesto opinan que un teatro abierto con cinco espectadores presentes, cercanos y sin mascarilla es más cultural, política y espiritualmente esperanzador que un espectáculo en streaming con miles de usuarios.

Los signatarios de este Manifiesto subrayan que la universalidad del espacio público y sus prerrogativas de actancia (las condiciones y lugares en los que ser público es una acción: teatro, aprendizaje y protesta) no se da por defecto, sino por exceso y a posteriori: existe público donde los particulares deciden constituirse como público, que es una acción deliberada y hasta cierto punto (los particulares deciden hasta cuál) artificiosa. Naturalizar esta operación o medicalizarla cumple con el objetivo único y específico de impedir aquel artificio, de conjurar aquella deliberación y, en última instancia, de evacuar semánticamente la dimensión de lo público, invitando el colectivo a un banquete de mierda y pasividad.

 

Barcelona, 8 de octubre de 2020